YO PERDEDOR

A veces creo que el fútbol –esencialmente el que juega el equipo del cual uno es hincha- no es para entretenerse. Si usted quiere diversión, vaya al cine.

Tampoco es que me las dé de capo en las definiciones. No sé muy bien qué es el fútbol o qué es ser hincha, pero doy cuenta de una sensación: Me pasa, cada vez con más frecuencia, que no busco festejos ni dicha en La Granja. Más aún, cada minuto me importa menos el resultado final.

El sábado Curicó perdió un partido increíble y desde luego, anduve mañoso, más de lo que soy en estado normal, al menos por 24 horas.

Okey, Luis Marcoleta se equivocó y debió meter a Christopher Díaz para ayudar a Matías Ormazábal y tapar la banda derecha. También concordamos en que Eric Godoy no puede seguir mandándose cagadas, mira que la mayoría de los goles que le han hecho a Curicó es por errores propios. Y Tato Silva y varios otros anduvieron bajos, bajísimos, y en el segundo tiempo el equipo fue un fantasma.

Siguiendo esa línea, también reconozco que tras el épico, homérico y legendario 4-4 ante Unión Española, sentí eso que llaman alegría. Felicidad si me apura. Uno como que le sonríe a todo. Y por un simple resultado… Aunque no tanto. Lo de Unión fue por sentirse heroico. De hecho la cosa terminó en empate.

El punto es, que tanto en el triunfo como en la derrota, pasan los días, se cata la cólera o el júbilo y vuelvo a mi pregunta trascendental: ¿Qué buscamos cuando vamos a La Granja? ¿Vamos a la cancha pidiendo laureles con el respectivo goce posterior o simplemente deseamos ver la camiseta albirroja, distinguir a los jugadores correr con ganas detrás de la pelota y, cuando la tengan, que traten de pasársela entre ellos, jugar un poquito al fútbol, como en el barrio, y que la canción de Marginales no deje de sonar?

Entre tanta lírica, con el fútbol como pretexto de la vida, mi respuesta es que prefiero ser un perdedor.

Decía que el Curi no es para divertirse porque es un asunto serio. El club es la extensión de los afectos. El amar algo colectivo, un ente del que uno se siente parte.

En esa línea, me carga ver al público que solo quiere ganar. Que putea si se pierde como si fuéramos el Manchester City o aplaude a rabiar solo porque se hizo un gol más que el otro. Y ante ese resentimiento, yo que me las doy de progre, me pongo discriminador y digo ¿No será mejor que para los partidos del Curi hiciéramos un test previo a los asistentes? Por ejemplo: Si usted no conoce 10 jugadores de nuestra historia o no sabe el equipo anterior de Mauro Quiroga, usted señor, señora, no podrá ingresar al estadio.

Es ponerse celoso con la institución. Como cobijar el escudo y que nadie mire feo a mi ser amado.

Hoy veo partidos de la B y añoro esas canchas semivacías, donde estábamos nosotros nomás, los hinchas y reporteros de siempre, los 2 mil que seguimos al Curi a todos lados. Pienso más atrás en Tercera y pucha que era lindo. Y sí, me carga un poco tanta parafernalia, tanto Estadio Seguro, tanto CDF. Prefiero, egoístamente, que el Curi sea solo para un puñado de elegidos. Aunque perdamos y perdamos y perdamos. Y dentro de esos elegidos por cierto que me cuento. Juro para mis adentros que me gané el espacio.

Medito y digo: ¿Cuál es el problema de ser perdedor? ¿Dónde sale que no está permitido caer? ¿Para qué tanto ganar y ganar si esta campaña volveremos a estar contigo?

Cierro los ojos y siento: Quizás en Curicó Unido busco –y buscamos varios- ese otro espacio de la vida. Busco que el Curi sea nuestro equipo siempre y que simplemente exista ¡Otro mundo es posible! Que los albirrojos jueguen como esos niños españoles que nunca han ganado un partido y son felices –vea su documental en Youtube: “L’Equip Petit”. Tal vez emparentamos al Curi con el club de barrio de la película argentina “Luna de Avellaneda”.

Recuerdo que de chico íbamos con mi padre, primos, tíos y amigos a la vieja galería oriente de La Granja y cuando perdíamos, que solía ser la mayoría de las veces, un hincha gritaba enojado: “¡No vengo más a ver a estos huevones malos… Hasta el próximo domingo!”.

En ese mundo somos orgullosos de ser Corporación, aunque seamos los más rematados de la plaza ¡No nos vendimos como ustedes, papá! Y eso nos gusta. Nos enorgullece. Nos sentimos parte de un todo. Somos dueños de algo cuando en la vida real no somos dueños ni del aire que respiramos, ni del agua que bebemos.

Voy más allá: Yo sueño con que si alguna vez volvemos a Tercera, y ganamos ese torneo, nos neguemos a transformarnos en SADP, como pide la ley a cada club que asciende a la Segunda División. Todos unidos diríamos: “Nosotros preferimos seguir en Tercera, pero como Corporación ¡A la mierda tu fútbol profesional! Seguiremos jugando con Lautaro de Buin hasta que cambien la ley y nos permitan seguir como somos”.

Es como el éxito de la ética. El desapego del triunfalismo. El alejarnos del winner en este mundo tan materialista ¿no?

Claramente detrás de esto hay una insubordinación al sistema. Ya todos lo sabemos: están arriba los exitosos, los con dinero, los del mejor auto. Todo es plata. Todos hacen algo por otro algo. Están mejor posicionados los célebres y engominados. Y en ese sistema, en el que todos vivimos, el lugar donde podemos SER colectivamente, sin necesidad de vencer, sin ser exitosos ni tener la mejor pinta ni la mejor pega, es en el Curi. Es algo romántico, medio poético y que añora el pasado. Pero es nuestro equipo aunque gane.

Hay un segundo sueño con el Curi: Que después de cada partido, jugadores e hinchas se encuentren en un café, con galletitas, y hablen del juego, de la vida y de la muerte, y que nadie huevee por el resultado. Pienso y discurro: ¿Qué es el fútbol? ¿Qué es ser hincha de un club?

Me gusta ser perdedor. Me agrada jugar a que estamos en una novela revolucionaria.

Pero eso con el Curi… Porque con la selección o con los equipos chilenos en las copas internacionales, me salen los colmillos y lo único que quiero es ganar.

Cuando hablamos de Copa América, Eliminatorias, Libertadores o Sudamericana, quiero el triunfo para Chile ¡Dame el resultado y nada más que el resultado! Ahí adoro a Sampaoli por la Copa y su “no escucho y sigo”. Banco a Pizzi por la Copa 2, aplaudo al que se lleve los tres puntos y al que no, lo condeno y me burlo.

Con la Roja me olvido del romanticismo y quiero festejar, ser mejor que el otro, dejarlo abajo, pisotearlo y sacar pecho. Sale el engreimiento, la petulancia, el hambre de ser mejor que el de al lado y surge la comparación permanente. Soy mejor. Soy más ¡Gané cabrón, gané!

Con lo anterior entonces, luego de perdedor me asumo también contradictorio.

Soy contradictorio, y qué.

El dilema es viejo en todo caso. Los argentinos, capos en discusiones, lo debaten  con nombre propio: Menottismo vs. Bilardismo. El por qué, la filosofía al servicio del juego o el resultado, sin importar el cómo.

En Chile tenemos Rierismo vs. Santibañismo. Procesos vs. buscar ganar, simplemente ganar y a como dé lugar.

Del Rierismo nace el proceso de Salah y los puntos históricos pero sin título de Pellegrini en Real Madrid, por ejemplo. Y también nace –o coexiste más bien en la década del 60 y 70- el que para mí es el ícono del fútbol como algo más que el resultado: El Prietismo. Suena feo, pero así se apellida Andrés Prieto.

Andrés Prieto dirigió a Colo-Colo, Católica, Cobreloa y a Vélez Sarsfield, San Lorenzo, América de México, Bolívar y Defensor Sporting de Uruguay, entre otros.

Aunque dejó huella en muchos lugares, y lo respetan como a pocos –es amigo de Menotti, Carlos Bianchi y otros- nunca fue campeón como entrenador.

Hoy, con 89 años, rehúsa de las entrevistas y los homenajes. Le cargan, de hecho ¿La razón? Se la pregunté en una visita que le hice la semana pasada a su casa en Vitacura. “En el fútbol el resultado está sobrevalorado. Y el cómo es tan importante como el marcador final ¿Mi historia, mi aporte? Cuéntenla ustedes, los periodistas, y punto”.

Prieto habla de fútbol. Ama el fútbol, lo respira y rescata su proceder. Recuerda cuando perdió en la última fecha el título argentino con Vélez en 1971 ante Huracán. Le dolió, claro, pero no fue un dolor letal. Lo de él era y es el fútbol más allá del resultado ¡El cómo! El cómo es fundamental ¿Que si era campeón con Vélez sería más reconocido y recordado? ¡Por cierto! Pero eso a él no le mueve ni un pelo. Prieto va por la vida con el fútbol como modo de subsistencia. Es algo moral, en la línea de Bielsa. De Valdano y Cappa. “En cualquier tarea se puede ganar o perder, lo importante es la nobleza de los recursos utilizados”, decía Bielsa.

¡Cómo hubiera rebatido eso don Luis Santibáñez! Era el opuesto con sus pillerías al servicio del triunfo. “Me cago en el fair play”, disparó alguna vez el DT que ganó 4 de 7 torneos en los 70 antes de llegar a la selección. Ni hablar de Orlando Aravena y ese deseo de victoria llevado al extremo, con el show del Cóndor Rojas en Maracaná como punto máximo.

Lo del Cabezón –y del Chile ochentero- era el panegírico del fin justifica los medios. Todo era dominar. Como hoy en la calle, donde hay que ganar dinero, llegar primero. Como en los medios que deben tener rating. Todo es el objetivo. Como uno, que debe tener más amigos en Facebook y más seguidores en Twitter e Instagram. Como aquí, en este portal del Curi, donde quiero que hartos lean y comenten esta columna. Que la repitan, la citen y me aplaudan. En ese mundo nada es porque sí, nada es por el gusto de hacerlo y punto. Siempre se busca una consecuencia.

¿Cuál será el equilibrio? No tengo idea.

¿Puede haber equilibrio entre querer solo ganar y pensar en el fútbol como algo más allá del resultado?

O insisto con la pregunta madre ¿Qué es Curicó Unido? ¿Existe solo para que nos dé un triunfito cada semana o es un club que nos saca del sistema que te exprime día a día?

No lo sé. No tengo respuestas claras.

Quedo más confundido… Era todo más fácil cuando estábamos en Tercera y solo nos preocupábamos de picar papel para recibir a jugadores amateurs vestidos con el escudo más bello del planeta. Independiente del resultado, nos íbamos al Deportivo o donde Don Rolo a dialogar alrededor de una cerveza sobre la nobleza de los recursos utilizados. Parecíamos niños catalanes gritando: “Ganamos, perdimos, igual nos divertimos”. Éramos como personajes sacados de una película de Campanella.

 

Por Leonardo Salazar Molina.

 

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