VISERAS DE PAPEL

A la dictadura se le derrotó con presión internacional, trabajo de las cúpulas políticas, cierta coacción violenta y todo lo que puedan decir los expertos. Pero también, el “No” ganó gracias a la labor de la gente de a pie, el ciudadano común que arriesgó mucho, sin tener el respaldo ni la trascendencia de aquellos elegidos que hoy son homenajeados, tienen películas en su honor y dictan cátedra 30 años después. El arcoíris lo pensaron los pensantes, allá arriba, pero lo tejieron los sujetos de galería, acá abajo, muchos de ellos pobres y carentes de redes de contacto. Pueblerinos si usted quiere, que se reunían, por ejemplo, en la galería oriente del Estadio La Granja de Curicó.

 

En esos peldaños, donde siempre se pifiaba al equipo de San Vicente Tagua Tagua gritando “¡Abajo el General!”, se llenaba de tipos con gorros de papel, que mostraban en plena visera un llamativo “No”. Eran repartidos por anónimos hinchas-militantes, que además complementaban el clásico grito de guerra curicano: “Curi Curi, Có / Curi Curi, Có / Curi Curi, Có/ Cu-ri-có U-ni-do” y le agregaban “¡Por-el-NO!”.

Aquel era un acto simple pero intenso. Debía hacerse todo rápido, porque los carabineros estaban cerca y por mucho que estuviéramos en un lugar público, viendo un partido de fútbol de la Segunda División y ya casi llegando a los 90, el de verde mandaba y si veía esto, actuaba. Entonces se repartía, se mostraba y se guardaba.

 

Recordemos el contexto: En dictadura se mató, torturó, encarceló y exilió gente. Se cambió además el paradigma socioeconómico del país y todo lo que usted desee agregar. Pero también se normalizó el abuso de poder cotidiano, ese sigiloso y tácito, donde el uniformado era el magistrado. Más aún en regiones y en un Curicó con poco menos de 100 mil habitantes.

 

Curicó, por cierto, aún no tenía un centro comercial importante ni escalera mecánica en 1988. Uno de los dos buses que llegaba desde Santiago se estacionaba en la calle. Había escasos teléfonos públicos y mucho campo. Con unas recién estrenadas tarjetas de parquímetro, a 3.500 pesos mensuales, ese año comenzó el privilegio para estacionarse en cuatro calles. Aunque no hubo problemas; los autos eran pocos.

Era un Curicó con gente trabajadora, silenciosa, que laburaba mirando el piso y se entretenía con “Éxito” o “De Chincol a Jote” en uno de los dos canales de televisión que se veían. Personas que normalizaron, como todo el país, sus límites y su esclavitud civil. Donde el carabinero podía empujarte al entrar al estadio y no podías denunciar ni en Twitter ni como reportero ciudadano. Ahí el carabinero podía detenerte y, en esa demarcación oscura de una retención ilegítima, no se sabía donde terminaba la jugarreta.

 

Esos hinchas-militantes que repartían campechanas viseras de papel, entonces, no deben llevar capa, pero aportaron algo, o bastante, moviendo el cerco en el anonimato. Y empujando el buque desde la Asamblea de Socios, en un club dominado por las versiones oficiales.

Porque el susurro cuasi revolucionario se escuchaba en la zona oriente, en esa galería de tablón añejo. Pero allá al frente, en la tribuna, se les pifiaba. Se les apuntaba. Pues Curicó Unido se estableció como una orgánica con poder de derecha. El club tuvo como principal fundador e inolvidable colaborador por 10 años a Pepe Fernández, un pinochetista acérrimo. Unos más, otros menos, todos los políticos locales designados se arrimaron a Curicó Unido y demostraron su poder desde allí también, con homenajes y cortesías a todo lo que involucraba el oficialismo de entonces: el modelo a seguir eran los rodeleros, agricultores y empresarios de la zona que les daban trabajo a ustedes, los del otro lado, así que por favor no hagan tanto ruido.

 

En ese 1988 Digeder aportó con tres torres de iluminación para La Granja, acercando el sueño de partidos nocturnos, como esos que se jugaban en Santiago. Un Santiago por cierto lejano, distante a tres horas, una más que ahora, en un camino sin autopista y donde, para adelantar al camión, había que estirar el cuello en plena Ruta 5.

 

Era el tiempo del “fútbol empresa que viene”. El 88 se reunieron los Fruticultores (Cooperativa Frutícola, Standard, UTC y otras compañías), junto a Corpride (Corporación Privada de Desarrollo) y con la venia del presidente albirrojo, alcalde designado y militante UDI Sergio Correa de la Cerda, apuntaban a convencer que esa era la forma; había que organizarse como dictaban desde La Moneda. Y de paso había que seguir con ese régimen 10 años más, validándolo en el Plebiscito del 5 de octubre.

 

En aquel Curicó provinciano, con 11% todavía de analfabetos según datos de Flacso, venció en tres de nueve comunas el “Sí” (Teno, Romeral y Vichuquén). En las mesas de hombres solo Romeral apostó por Pinochet, pero en las de mujeres, el “Sí” ganó en Teno, Romeral, Vichuquén, Rauco y Licantén y casi empató al “No” en el total femenino (48 versus 49 por ciento).

Lo anterior, quizás, puede haber gatillado un castigo del universo: Curicó Unido, que venía de cuatro victorias en líneas antes del Plebiscito del 88, decayó en una racha negativa que lo tuvo 12 partidos sin conocer victorias durante 90 minutos de fútbol.

 

Por Leonardo Salazar Molina. Periodista.

 

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