INCERTIDUMBRE

La buena noticia es que Curicó gana; la mala, que no tiene una idea de juego tranquilizadora. Hay una explicación ahí que es difícil de pesquisar: ¿Cómo lo hace el albirrojo para sacar su tarea adelante como local, sin lograr siquiera chispazos de dominio al rival?

 

Por de pronto, la primera conclusión es que Curicó está siendo un equipo pragmático. Ante San Luis, U. de Concepción, O’Higgins e incluso en el empate ante Iquique, al equipo de Jaime Vera no le hicieron goles en La Granja y logró concretar aquella escasa oportunidad presentada. Eso de por sí es un mérito. Aunque también es precisamente lo que no se ha logrado como visitante, donde solo se acumulan derrotas y se ha marcado un mísero gol en cuatro juegos. Lo numérico es fácil de observar; el dato está ahí y es indesmentible.

 

El punto de complejidad –y el espacio para la reflexión subjetiva- está en cómo proyectar lo que queda, asumiendo las formas en que se ha mantenido ese invicto en casa y el mezquino nivel de los rivales.

 

¿Puede Curicó mantener ese pragmatismo de local y zafar del descenso? Claramente sí. Pero, por contrapartida ¿Puede Curicó tropezar ante Everton, Palestino, La Calera o Universidad de Chile, sus próximos rivales en Aguas Negras? Claramente también, pues Curicó está en el limbo y depende mucho de la presentación del oponente. Está la deriva sin un libreto contundente, definido y sólido, aferrándose al espíritu y el brío de no perder en La Granja, pero sin representación futbolística.

 

El domingo el albirrojo le ganó a un miserable equipo de O’Higgins. Sin ningún formato claro, sin algún atisbo de propuesta ofensiva, el perezoso once celeste no tenía por dónde complicar a Curicó o a cualquier rival que se le cruzara por delante. Curicó tampoco hizo mucho y la diferencia se marcó en un penal dudoso, tras una jugada que ni siquiera traía peligro real para los de Rancagua.

 

Lo del penal da para un paréntesis: Fue el primer gol por esa vía de Curicó y el segundo lanzamiento en el área cobrado en 23 partidos. Si recordamos los innumerables cobros arbitrales fallidos, en zona propia y ajena, más los reclamos a la ANFP, la sensación es que por fin le tocó una al Curi.

 

Más allá de ese choque entre Gabriel Vargas y Juan Carlos Espinoza –lateral derecho que por circunstancias de la jugada estaba por la izquierda- y dejando de lado aquel cobro y el consecuente gol, el domingo Curicó Unido no mostró mucho más. Sí está la solvencia de la defensa, liderada por Daniel Franco, y que explica la imbatibilidad del cerrojo maulino. Franco es quizás el único jugador brilloso del semestre, acompañado de un aceptable Kennet Lara. De ahí hacia arriba no se cuaja nada, ni individual ni colectivamente.

 

Martín Cortés fue perdiendo el protagonismo de la primera rueda, cuando la salida limpia obsesionaba tanto como tener el balón. Hoy está la idea de un fútbol más directo pero que hasta ahora o no se expresa o no dirige a nada. Los punteros se posicionan abiertos, para penetrar por las bandas, como indica el manual, pero sin una estructura que los acompañe. Ante O’Higgins terminó siendo un petitorio simple a Bandiera y Gauna: tome la pelota y haga algo por su orilla ¿Se ubicó un segundo jugador para construir? ¿Se intentó alguna triangulación rápida por los costados? ¿Se pretendió avanzar en bloque con pelota al piso? Nada. Cero. Blanco o Espinosa también sufren por el centro, porque ni siquiera se ha logrado absorver una fórmula clara cuando Vargas descarga. Zúñiga mantiene la vorágine pero se nota más perdido. Menos se ve un avance con sentido de cualquiera sea el lateral de turno.

 

Aquella es la tónica: Salvo un momento del segundo tiempo ante Universidad de Concepción, la pelota pica en los pies del ataque curicano. La transición es lentísima, escasas jugadas se completan y se facilita la marca pegajosa del rival. Y ojo, que el técnico Jaime Vera está de acuerdo, según varias de sus declaraciones post partido.

 

El rival, dicho sea de paso, por cierto que juega. Y así como O’Higgins fue un espanto, el Campanil mostró su peor presentación en La Granja –según el propio DT Bozán- y San Luis reveló algo similar. Aquella vez ante los canarios Ignacio González fue figura, pero por la pachorra y empuje tan propio de los curicanos, más que por un juego fluido o un fútbol total que lo atosigara en su arco. El mismo Jaime Vera lo señaló tras el triunfo de la primera fecha: “Ganamos solo gracias a la cabecita de oro de Quiroga”.

 

Esa huerfanidad de un modelo de juego en ataque, esa carencia de sistematización ofensiva, esa pertinente pregunta de ¿a qué juega este equipo?, da pie a las interrogantes futuras ¿Con qué se pretende ganar a los próximos rivales? ¿En base a qué? Ahora viene Unión Española, Everton y Palestino. Los de colonia se enfrentaron el sábado en La Cisterna en otro partido soporífero e irregular. Pero ambos tienen chispazos: Unión con un desequilibrante pero lagunero Israel Poblete, al que le dieron protagonismo tras la partida de Aránguiz y Galdames; más la referencia de Tobías Figueroa, que genera espacio a sus compañeros y los centros calculados desde la izquierda de Luis Pavez; Palestino, con un lateral inquieto como Guillermo Soto, un mediocampo que se desordena para proponer ataques dinámicos con Japo Rodríguez y Luis Jiménez, y dos goleadores que se alternan (entre Roberto Gutiérrez y Matías Campos tienen 17 goles. Curicó en todo el torneo suma 25). Everton, ni hablar: Lleva cinco partidos sin perder, ocho goles anotados en los últimos dos pleitos y un Pato Rubio en gracia.

 

En Curicó, carente de un jugador destacado en ofensiva, podría consolidarse tal vez el mentado pragmatismo, o ese carácter que los jugadores nunca  han extraviado. Porque algo de fondo no hay. El Curicó del segundo semestre no ha logrado –o ya no logró- desarrollar una idea de juego. Por eso, cualquier cosa puede pasar. La incertidumbre ya es permanente y a lo mejor no sería malo asumirla y utilizarla en el cara a cara con el rival de turno. Se le podría decir a ellos: Nosotros no sabemos a lo que jugamos, pero ustedes tampoco lo sabrán.

 

Por Leonardo Salazar Molina, Periodista.

 

 

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