MIS RESPETOS, SOCIOS

Si Curicó Unido es una orgullosa Corporación se debe básicamente a sus socios. Y yo no lo soy. Lo fui por mucho tiempo y no bien comencé a trabajar como periodista cubriendo los partidos y las actividades del albirrojo, decidí dejar de serlo; entiendo que debo tener independencia contractual para poder reportear, informar e investigar sobre Curicó Unido sin ninguna atadura, más allá de lo que siento por estos colores.

Así he tratado de hacerlo ya sea en programas de TV, radio, diarios, mediante columnas de opinión, libros de historia e investigación, emisiones especiales o como corresponsal de medios de tiraje nacional. Me juro un periodista emancipado y creo en la verdad aunque nos sonroje (eso fue en parte “Revolución en La Granja”), pero no sé si lo logro del todo. Por eso digo “me juro”. “Positivamente” –como diría Bielsa- no sé si lo soy.

 

Lo que sí sé es qué significa ser socio. Recuerdo que en 2002 fui parte del  grupo de socios que -entusiasmado por lo que se estaba generando- le propuso al entonces presidente Ode que mejorara el diseño de los carnet de sociatura y “vendiera camisetas oficiales a los socios”. “¡¿Camisetas?! ¿Y ustedes creen que las comprarán?”, respondió Ode, en una época donde las tiendas no ofrecían poleras salvo de los equipos grandes y las selecciones.

 

Y aunque la definición de socio es simple, conlleva un cerro de razones: En el diccionario ser socio es sencillamente “pertenecer a una agrupación o asociación”. Pero ahí está la clave y lo complejo, en el pertenecer. Porque ser socio es querer ser parte de lo que te mueve. Entonces tú eres un ciudadano o ciudadana activo o activa, e interesado(a) en algo más que tu metro cuadrado. Eres parte de algo colectivo con todo lo profundo que eso supone.

 

Saco a colación todo esto porque el domingo 9 de septiembre, los socios de Curicó Unido celebrarán la segunda junta anual en el Complejo Raúl Narváez Gómez de Santa Cristina. Jugando fútbol en las mismas canchas donde lo hace el primer equipo, compartiendo un asado y un brebaje sin alcohol, o simplemente disfrutando de un día en el club, esos hombres y mujeres que sostienen la Corporación dirán: Aquí estamos. Nosotros somos.

 

Ya expliqué mis razones de por qué yo no soy socio. Usted puede válidamente compartirlas o no. Criticarlas o entenderlas. Pero debo confesar que me cuesta comprender a ese hincha fiel que no es socio de Curicó Unido.

 

Vuelvo al inicio: Si Curicó Unido es Corporación, ES por sus socios. Y son ellos los que le dan vida a esta forma de estructurar un club de fútbol.

Recuerdo cuando se propuso ante la Asamblea transformar al Curi en Sociedad Anónima Deportiva. La idea se presentó formalmente en 2008 y varios hicimos lobby e informamos a los hinchas de lo peligroso de la medida. No era un rechazo per se al modelo, sino un por qué y para qué. Expusimos razones, en un medio donde todos se convertían y apuntaban a los rezagados, y los socios comprendieron, votaron y resistieron.

 

Hoy los socios buscan generar lazos. Intentan ocupar sus espacios, verse y reconocerse. Pretenden concretar el sentido de pertenencia con el club y la ciudad. Y aspiran también a motivar a esos que no son, a que lo sean. Porque deben serlo. Si usted es hincha de Curicó Unido, debe ser socio. Usted tiene una responsabilidad.

 

En los primeros años del club hubo mucha sociatura tras algunos vínculos con empresas. Existía un descuento de las cuotas por planilla, como ocurrió en 1974 con 1.000 nuevos integrantes de Iansa, quizás la primera compañía que se abonó en masa. En ese mismo primer año calendario de vida, hubo filas en la sede –entonces en Carmen esquina Montt, exsecretaría del Bádminton- para sumar adherentes. Se hicieron tertulias en el Club Italiano, donde al ritmo de un buen vino y antes del toque de queda, 30, 40 o 50 nuevos socios firmaban por el albirrojo y alzaban la copa.

 

A julio de 1974 Curicó Unido contaba con 2.045 socios al día. Se les ofreció entradas gratuitas para algunos partidos y la vorágine continuó. El problema surgió porque –en época de mecenazgo y recursos limitados- había socios, cuotas al día pero deudas por montón (10 millones de escudos en el primer año).

Con el pasar del tiempo el número de socios fue zigzagueante. En 1976 fueron 2.599, luego se bajó del millar y del centenar. Se volvió a crecer. Se cerraron y abrieron libros de sociatura. Se soportó en épocas duras y se creció hasta llegar hoy a una madurez admirable, donde estos sujetos que organizan esta junta anual en el Complejo, les dan valor a sus antecesores y les sacan brillo a la historia.

 

Porque los socios del Curi han creado decenas de campañas de ayuda en estos 45 años de vida. “Ayudemos, ayudemos, solo así ganaremos”, se llamó una cruzada de 1990, con bailes en la Unión de Artesanos al ritmo de la Sonora Monterrey.

Estamos de acuerdo: un incremento en la masa de socios también va de la mano con un actuar proactivo de la dirigencia. En los 80 llegaron a existir descuentos en 15 distintas casas comerciales de la ciudad para los sindicados. También fue común realizar campañas como “la promoción del verano 1977”, donde por $200 anuales eras parte del club. A lo largo de la historia han existido también los “socios-estudiantes” y asientos preferenciales para las very important person.

 

Sería ideal que todo eso crezca. Que más personas se involucren. Pero por ahora, más que añorar un futuro esplendor, aplaudo de pie a un presente sano, digno, meritorio y encomiable. Los socios de Curicó Unido 2018 están enérgicos. Se sienten, respiran y se reúnen. Acontecen unos con otros como dueños horizontales de algo que es de todos. Mis respetos totales a ellos.

 

Por Leonardo Salazar Molina, Periodista.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *