SUAZO Y LA IDENTIDAD

Hablar de pastas Suazo supone necesariamente recordar al Curicó Unido de los 80 y 90, en una Granja con tablones de madera y gente sentada en esas galerías antiguas, cerca de don Nica y su trompeta, con unos gorritos de cartón que algo tapaban aquel sol que se colaba entre los álamos de la avenida.

Suazo estampado ahí, cerca del escudo albirrojo, fue una institución más allá de los fideos. Porque hablar de Suazo es también platicar sobre una empresa curicana que fue parte del paisaje local por casi 80 años.

Con Vicente Suazo y Antonio Fernández Camacho se creó primero la antigua “Panadería Selecta”, ubicada en la entonces avenida Las Delicias, hoy Manso de Velasco. Estamos hablando de 1939: Curicó había sufrido de manera colateral el terremoto en Chillán del verano. Los casi tres minutos de movimiento deterioraron el teatro local, la cárcel y torcieron la cruz de la iglesia del Carmen, motivando la grave pérdida del gallo que la coronaba.

 

Era un Curicó de 80 mil habitantes, pero que crecía como epicentro del valle. En Camilo Henríquez, de hecho, funcionaba la planta arrocera de Arrigorriaga Hermanos, la más moderna de las ocho que había en el país. Eso mismo ayudó a que se extendiera el plan de pavimentación del centro de la ciudad, impulsado a mediados del 30.

“Empresas Suazo” nace antes de que existiera Curicó Unido, por cierto. Era un mundo donde ya se jugaba fútbol con Luis Cruz Martínez, Alianza o el entonces novel Wellington. Con La Granja en lenta construcción desde 1936 –con un presupuesto inicial de $80.000- las pichangas se armaban en unas canchas ubicadas donde hoy está la avenida Balmaceda. René León publicaba sus libros políticos, Orlando González hacía lo propio con textos educativos y el sacerdote Francisco Pavez lanzaba los poemas “Lejanías”. Todos iban por sus pastas y arroces al emporio Roma.

 

Once años después, en 1950, Vicente Suazo le compró la parte de la sociedad a Fernández y, junto a sus hermanos Hilario y Eugenio, redefinieron la empresa como familiar y con un cierto sentido social.

Con el tiempo, Suazo se acopló a la ciudad a través de uno de los motores de la identidad local: Curicó Unido. Suazo sucedió a Galgo Azul, Cecinas Soler y Multifrut como sponsor principal del albirrojo. Estuvo entre 1983 y 1995 al centro de la camiseta (con leves interrupciones) y luego un par de temporadas arriba, en el pecho, a la izquierda. Ahí llegó Multihogar, que ya lleva 21 años.

 

La primera participación de la empresa Suazo en el fútbol fue con Deportivo Liceo, que estuvo en Tercera División a inicios de los 80. En ese tiempo la compañía se acercó a Curicó Unido previo al afán publicitario: Junto a Molino Don Quijote, convocó a sus dueños y trabajadores para asistir a la directiva de Juan Petinelli, que no lograba juntar los 400 mil pesos que costaba el plantel del Curi mes a mes.

Tras ello aterrizaron tatuando la camiseta ochentera, al momento que debutaba la publicidad estática -con la firma Triggs- y previo al aporte de vinos Los Robles, que auspició con buzos al equipo a mediados de la década.

 

En 1985, con Lucho Martínez amenazando con dejar el fútbol si no le pagaban su justo salario, Suazo llevó el apoyo al siguiente nivel y firmó un contrato exclusivo de publicidad adelantando los pesos necesarios para subsistir. Tres años después, Suazo -junto a Triggs, Casa Irigoyen y Viñedos Puertas- pagó un mes completo de la planilla albirroja. Era el tiempo en que Buses Bucarey trasladó al equipo gratuitamente a Chillán, Buses Díaz hizo lo propio rumbo a Linares y así, todos aportando por el club de la comunidad.

El miércoles 16 de marzo de 1988 se comenzaron a vender los calendarios “Con Curicó Unido en el corazón”. Con imágenes alusivas, los 5 mil ejemplares tenían un costo de 100 pesos cada uno, y un millar ya estaba financiado por, entre otros, la empresa Suazo.

 

En 1993 el club les rindió un homenaje antes de un partido a los hermanos Hilario, Vicente y Eugenio. Fue un aplauso sincero, en verdaderos tiempos mejores para ellos, y en medio de una simple cancha de fútbol amateur.

Hoy tras el cierre de la firma, existen 140 familias, varias de ellas curicanas, luchando por el pago correcto de sus finiquitos. Son, quizás, herederos de esos primeros trabajadores de 1939, que ganaban 452 pesos con 50 centavos, índice del salario vital de aquel tiempo. Ellos mismos pidieron dramáticamente que la comunidad comprara el stock restante de productos, para reunir fondos y rescatar sus propios pagos. Esos últimos mostacciolli, espirales y ojitos de diuca; esas postreras corbatitas y spaghetti 5 o tallarín 77, fueron en pos de redimir algo de la dignidad perdida. Y de la identidad también, grabada en la camiseta de un equipo de fútbol.

 

Más que por Eugenio, Juan Ignacio y los 10 hijos herederos Suazo -que en rigor en los últimos años tomaron malas decisiones con la planta y se focalizaron en otros rubros, como el de la agricultura orgánica vía empresas Santa Aurora- las pantrucas y el fusilli trisabor ya no serán lo mismo precisamente por esos obreros que vivían por y para una compañía con identidad; lejos también quedaron esos padres fundadores que hablaban del “alma de la empresa”.

Por ellos, trabajadores de ayer y hoy, fundadores del 39 y 50, la camiseta del Curi recordará por siempre al más noble rigati, al más tierno quífaro y los inolvidables caracoles, que no solo vistieron sus colores, sino que acompañaron a un club más allá de la cancha.

 

Por Leonardo Salazar Molina.

 

 

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