CUANDO ÉRAMOS MALOS

Puede ser una cuestión para análisis psicológico pero el domingo en La Granja -al escuchar a un par de sujetos hablar del sueño de llegar a la Copa Sudamericana y de los aires de grandeza en este Curi que está en Primera- me fue inevitable recordar cuando, a la vuelta de la esquina, hace cuatro lustros nomás, el equipo estaba hundido en el fango más fangoso de la tierra.

No es que reniegue del éxito. No es que me asuste el futuro esplendor. Es solo que atendiendo ese pasado funesto, es que soy un convencido de que no se puede sino ir paso a paso, con cautela soñando con los laureles pero mirando de reojo ese antiestético velo que arrastramos siempre.

Será también por responder con un sano pesimismo a la avidez de gloria. Será incluso por el gusto de ese tiempo remoto atormentado. Será el orgullo de haber surgido de las cenizas, apañando a un equipo de Tercera División como si fuera el AC Milan… No sé que será realmente, pero vamos de nuevo a esa cosa de recordar nuestra historia…

 

Sepa usted que en 1996 Curicó Unido estuvo bregando y rezando para no bajar a Cuarta División ¡Cuarta División! De ocurrir, aquello hubiese sido una suerte de lápida para aquel albirrojo que caminaba por la vía férrea como un borracho que no se da cuenta que viene el tren.

General Velásquez sólo veló por sus intereses y puso de manifiesto un error. No los vamos a culpar a ellos. Fue específicamente el 25 de agosto de 1996, cuando el Curi y el General se enfrentaron por la última fecha de la fase regular del torneo de Tercera División.

Ambos estaban en la medianía de la tabla por lo que el ganador iría a la Liguilla de Ascenso y el perdedor, debería luchar por no bajar a Cuarta. El partido se jugó en San Vicente y Curicó ganó 1-0. Sin embargo, la historia recién comenzaba…

 

Los verdes reclamaron que el albirrojo presentó cuatro jugadores inscritos sobre 24 años, cuando el reglamento permitía solo tres. Pasó que tras una falsa salida de Guillermo Lantadilla a Rangers, se le reemplazó por René Piérola, que venía de buenas temporadas en Everton (fue elegido el mejor jugador del partido en un cotejo frente a la UC en San Carlos de Apoquindo). Pero Lantadilla, cuando todo parecía ok, terminó quedándose, y los dos futbolistas permanecieron inscritos en la planilla oficial ¡Plop y recontraplop! Un claro error dirigencial –uno más de los de esa época- que dejó a Curicó con exceso de viejos.

La atención entonces se volcó a las oficinas de ANFA para conocer la resolución. El torneo fue suspendido pues ninguna de las dos liguillas podía comenzar sin tener claridad de cuáles eran sus participantes. El 17 de septiembre se dio el veredicto y el fallo fue contundente. El error curicano era imperdonable y el triunfo se borraba por secretaría. Había que ir a bregar por no bajar a Cuarta División.

La dirigencia encabezada por el protervo y maculado Carlos Barra Leiva estudió interponer un Recurso de Protección en los tribunales ordinarios pero eso era, sabemos, apagar el fuego con bencina.

 

Era la época del “Tema Parquímetro”, asunto atendido e investigado en el libro “Pídeme la luna. 35 años de Curicó Unido”. Eran los tiempos donde un grupo de socios, por ejemplo, llegó a la sede a pagar sus cuotas y no se les permitía el ingreso. Entonces había que llamar a Carabineros y hacer un show para apaciguar a los payasos que dirigían al club.

Tras asumir públicamente el error y proponer entregar antecedentes “privados” pero que no fueran publicados por los medios de comunicación, el fullero y artero Barra Leiva siguió liderando la institución como si nada hubiera pasado.

 

Curicó comenzó a participar nomás de la Liguilla de Descenso. Zafó pero no sin complicaciones. Goleó al excelso Municipal Talagante pero no pudo con Deportes San Bernardo; atendió a Arturo Prat de Hualañé aunque no logró vencer al ilustre Luis Matte Larraín. Contra Unión Municipal de La Florida no pudo completar su partido, por agresión a los árbitros… era el peor fútbol amateur que Curicó Unido haya jugado jamás.

Aquel 1996 también fue cuando se destapó una Guerra Civil apocalíptica en la institución. Barra amenazaba con expulsar a socios que causasen “daño de palabra” a su persona. Rechazaba el ingreso al club a personas “que hayan desprestigiado a los dirigentes”.

 

Entonces, 52 socios hicieron pública una carta en la que señalaron que la directiva “ha pisoteado los derechos de socios, hinchas y simpatizantes, violándose reiteradamente los estatutos de la institución”.

Al frente del ring también estaba otro jayán, truhán e inicuo: Rodelindo Riffo. Riffo había amenazado a sus rivales con pistola en mesa (acto certificado por una querella ante el primer juzgado de Curicó). Se fue del club acusando enfermedad, pero volvió. Con Barra y Riffo la pelota se manchó, ¡pero mal!

Al año siguiente, temporada 1997, el técnico Héctor Espinoza se fue por “falta de tiempo”. Fue ahí cuando el único lúcido que deambulaba en las reuniones dirigenciales, Mario Muñoz, se sentó en la banca a entrenar al equipo junto al PF Didier Gallardo.

 

El 8 de octubre de 1997 Colchagua le ganó a Curicó en La Granja con gol en los descuentos del delantero Leonardo Salazar. Con las torres de iluminación malas, sin dinero y con menos de 100 personas en las galerías, el juego se terminó literalmente en penumbras, bajo una sombra de dolor, vergüenza, drama y como simbolismo de la realidad del glorioso Curicó Unido.

En ese ambiente, con partidos con 65 espectadores controlados, con clásicos ahora con la Academia Juventud 2000, con partidos sin guardalíneas, con Roberto Ortiz asumiendo de entrenador de manera gratuita, fue cuando aparecieron Los Marginales. En aquella cloaca lejana a las Copas Sudamericanas, a los choros de Primera, fue donde retomó con más fuerza la rifa de Edith Véliz, que terminaba costeando el sánguche con mortadela para la colación de los jugadores, la bencina para el bus y los peajes. Fue con ese panorama cuando Mario Muñoz Gutiérrez asumió como presidente del club. Todo, luego de que los sátrapas Barra y Riffo arrancaran, estrujando todo lo que pudieron estrujar.

Por eso… ¿Cómo no amar al viejo Mario? ¿Cómo no entender el valor de Los Marginales? ¿Cómo no sentirse orgulloso del periodo en el fango? Con esos antecedentes no tan lejanos, ¿Cómo no mirar con recato al seductor éxito que nos coquetea?

 

Por Leonardo Salazar Molina.

 

 

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