SUEÑOS

 

Los grandes proyectos o construcciones sociales se hacen a partir de un desde común. Existe un punto de partida que coincide en todo orden de cosas y que es inevitable cuando se quiere armar algo grande.

Ese germen, aquel génesis, supone una gran pregunta. Es la visión-misión de la que se habla en la Carta Gantt de cualquier emprendimiento. El cuestionamiento base es simple ¿Cuál es nuestro sueño? O traducido y aterrizado al lenguaje más sencillo: ¿Qué queremos hacer?

Se tiende a creer que esas preguntas son para idealistas. Subjetivas y ajenas a los planes productivos de cada empresa. Son cuentos de románticos y sensibleros que no se preocupan de las cosas del día a día que nos dan de comer.

El día a día que entrega el alimento, en el caso del fútbol, es el resultado del domingo. El éxito en lo cotidiano es ganar el partido del fin de semana y punto. Punto y final.

 

Pero ¿Es un club de fútbol solamente un depositario de resultados? ¿Está fundado y construido solo para intentar triunfar cada domingo? Claramente no.

Curicó Unido se creó en 1973 como un modo de identidad. Curicó ya tenía un club de fútbol, pero no tenía uno propio. Fue por eso que se armó un colectivo que entregara algo más que el salir del Torneo Regional Amateur, donde estaba Bádminton en ese entonces.

Luego de su estreno, durante siete años, Curicó Unido luchó para no descender, a fuerza del mecenazgo de unos pocos y la fuerza voluntaria de muchos. Hasta que cayó. Desapareció del mapa profesional y se fue a lo amateur a construir una nueva categoría: la Tercera División.

Cuando se logró el regreso –a punta de reuniones en la Asociación en Santiago y no en la cancha- el ánimo fue darle el palo al gato, sin cuestionamientos profundos, morales o estéticos detrás. Había que ganar nomás, y casi se consiguió. Con mucho amor y tipos rebeldes, igual se nadaba contra aguas turbulentas, llenas de piedras pesadas, hasta que la carga fue mayor.

Curicó entonces se desplomó en su hoyo más subterráneo. Estuvo a punto de perder oxígeno. Fue como en esas historias donde un grupo de personas queda encerrado bajo tierra. No había esperanza, no había nada… No había sueños.

 

Sin embargo, todo lo anterior cambió. Curicó Unido, aparte de levantarse desde las cenizas luego de superar la década en el amateurismo, se logró hacer la gran interrogante ancla, otra vez: ¿Qué soñamos? ¿De adonde venimos y para donde vamos?

Liderados por Julio Ode Reyes, el presidente más lúcido de la historia albirroja, Curicó se propuso poner un paréntesis. Detenerse para avanzar. Se quiso armar series menores potentes, asunto que entonces no era obligatorio como ahora, dándole un descanso de un año al fútbol estelar. La razón era simple: había que construir desde abajo, cuestionando los grandes asuntos.

Aunque el plan inicial no prosperó (era radical y podíamos prescindir de medida tan drástica) el asunto iba en serio. A la par con Ode y el plantel de jugadores, se levantaron como ejes articuladores las otras dos patas de la mesa. Una fue la de esos dirigentes desinteresados que por amor al club hacían cualquier cosa. Yo los llamaba “trabajadores hormiga”. Iniciando el siglo, esos laburantes eran Mario Muñoz y Edith Véliz. Ellos no solo daban respiro en lo cotidiano, sino que rescataban el alma de la empresa que se estaba refundando. Con ellos se recordaba el por qué y para qué. Y el cómo.

 

La otra pata fue “Los Marginales”. Ese grupo de personas, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, cesantes y asalariados, hinchas antiguos o nuevos, que comenzó a construir una nueva forma de fanaticada que no existía, al menos en Chile. Era el forofo armado desde el sufrimiento. El loco que alentaba la derrota. Era el triunfo de los perdedores, definitivamente.

Sin ese tridente (Muñoz, Véliz, Marginales) Curicó Unido no se hubiese podido rescatar. Por mucha cabeza y dinero que hayan puesto los nuevos dirigentes, sin ese trío que abordaba las grandes preguntas trascendentales, la historia habría terminado con otro vaivén más; insípido, como todos los vaivenes.

 

Ahí, con Curicó Unido inmerso en lo más hondo de la Tercera División, fue cuando el club se preguntó sobre la verdad y la bondad y la belleza. Fueron los últimos momentos donde se profundizó y se buscó en lo que estaba bajo la piel. Se cuestionaron los sueños, nos miramos todos a la cara y vimos el más allá… Más allá también del triunfo, empate o derrota.

Pero de allí en más Curicó Unido siguió solo sobreviviendo. Acompañado por las generosas platas del Canal del Fútbol en el último tiempo, el ritmo del Curicó Unido actual está ensimismado en el triunfo, lo internacional y volver a darle el palo al gato. Con la vorágine de conocer la Primera División, caer y volver, nos olvidamos de cuáles eran nuestros sueños y hacia dónde queremos apuntar. Qué nos mueve para seguir a este humilde equipo del sur del país.

 

Como que a veces, permítanme aventurar, se ve que queremos escalar nomás, sin importar el cómo. Queremos llegar, sin importar el camino. Queremos celebrar, sin importar lo que celebramos.

Por eso, me pregunto: ¿Cuáles son nuestros pinches sueños?¿Para qué carajo somos fieles a Curicó Unido? Hay socios e hinchas adelantados. Por de pronto ese puñado de personas que sigue devota al equipo, ese lote que va a las Asambleas y hace del club parte de su vida y que están construyendo, ellos sí, un club moderno con sueños arriba de la mesa.

Porque lo moderno supone números y gráficos, pero también motores sensitivos de desarrollo. Incluso, y de pasada, ayudan a ganar domingo a domingo y ser los mejores de algo por alguna vez. Pero siempre recordando que Curicó Unido no está solo para eso. Curicó Unido es un club anclado en la comunidad, una institución volcada en la identidad del escudo y que podría, en razón a eso, tener la mayor parte de la torta de ingresos puesta y dispuesta en las divisiones menores, por ejemplo. Con ello estaríamos hablando de una corporación sana, con una sociedad civil activa y con un sueño que cumplir… o al menos perseguir.

 

Por Leonardo Salazar Molina.

 

 

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