UNA GRANJA CERTIFICADA

El estadio La Granja recibió de parte de Estadio Seguro su certificación que lo acredita como recinto que reúne todos los requisitos para eventos masivos o de gran convocatoria. Una noticia cuya gestión involucró a distintos estamentos estatales y particulares, y que de cierta manera da prestigio y estatus, sobre todo por ser el primer estadio en el país que este año obtiene tal certificado. Enhorabuena.

 

Como cambia la cosa, si hasta hace poco se peleaba por la construcción de la otra mitad, una especie de pesadilla que derivó en un verdadero parto, con movilizaciones en las calles, quejas en medios de prensa nacionales y varias otras acciones que hicieron sentir el malestar de una comunidad, cuestión que trascendió más allá de lo meramente deportivo. Para terminar ahora, como alcanzando una quimera,  sobresaliendo por su absoluta seguridad y confort.

 

Y en este momento de progreso y bienestar con esta certificación que le da a La Granja una especie de garbo, vale la pena  apelar a la nostalgia y rememorar algunas de las actividades que marcaron la historia del viejo estadio. Las historias grandes y las pequeñas.

 

Entre las grandes hay varias, pero tal vez la primera importante podría llevarnos la inauguración, en el año 1954, del antiguo velódromo que rodeaba la cancha  – foto -. Con ocasión del Nacional de Ciclismo dos mil enfervorizados curicanos amantes del pedal colmaron las galerías de madera. Ya más cercano el archivo nos pone a fines de los ochenta y los estadios repletos del Curi jugando contra la “U”, en invierno y en verano, seis mil y siete mil hinchas. Luego saltamos al lleno  total con Los Jaivas y el “Gato” Alquinta, bordeando el nuevo siglo todos juntos sumamos casi seis mil personas. Ni hablar del Record Guinness del Multibingo y sus cincuenta mil participantes. Los ascensos de Curicó Unido en 2005 y 2008 o algún clásico con Rangers.

 

Pero también están las historias chicas, las que nadie vio y solo nosotros conocemos. Porque supongo que más de alguno archiva en su memoria algún sendero oculto que llevaba a un orificio de una cerca que permitía entrar al viejo estadio sin pagar y poder ver un partido. O alguna cita o un pololeo furtivo en sus alrededores, entre los matorrales, bajo los tablones o fondeados en el antiguo marcador de goles. Porque no me dirán que se olvidarán de su bicicleta preferida en medio de las otras cientos de bicicletas que apoyadas en la reja reposaban esperando que sus dueños dejaran de ver el partido, para llevarlos de vuelta a casa, ojalá, sanos y salvos.

 

El estadio La Granja, el viejo del sepia y blanco y negro al nuevo recinto colorido de hoy. Aquel de gradas vacías y aquel lleno hasta más no poder. El con tablones de madera, metal y butacas. El inseguro y el ahora certificado. El antiguo que guarda las historias de muchos que ya no están; y el moderno, que desde ahora se quedará para siempre, esperando albergar las historias que ustedes mismos contarán mañana.

 

Por Mario Farías Contreras.

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