CURICÓ CONTRA EL ENEMIGO

Curicó no juega solo contra Antofagasta, O’Higgins o Colo-Colo. Juega también contra su historia y la de sus rivales. Su entorno, cultura y constitución corporativa. Del mismo modo lo hacen los demás. O’Higgins logró su estrella el mismo año del accidente de sus hinchas en Tomé. Cobresal campeonó al tiempo en que la Tercera Región era azolada por un aluvión morrocotudo. Y así.

Cada uno de los 16 equipos de la Primera División sale a la cancha no solo como ejecutantes de un juego, sino también como portadores de una carga cultural e histórica; la de su ciudad y su raigambre.

Quien lo explica mucho mejor es el periodista ugandés Simon Kuper, en su libro “Fútbol contra el enemigo”. Hay ahí diversos ejemplos a nivel mundial de cómo se cruza el fútbol y la política, o dicho de otro modo, la expresión popular más importante del mundo con el modo cómo se organiza cada sociedad.

¿Usted cree que Holanda y Alemania se enfrentaron a fines de los 80 solo por un partido de fútbol? No pues. En la Euro 88, con el muro a punto de caer, resurgió el recuerdo de la ocupación Nazi y había que ganar por el pase a la siguiente fase y por recuperar el orgullo.

Los alemanes, por su parte, recuerdan el título mundial de 1954 como el de su reinserción. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, y con un país destruido, los germanos ganaron a Hungría dando vuelta el partido final y llenaron de esperanzas a un pueblo.

Modelos hay por montones. A nivel de clubes el clásico de Escocia es entre Glasgow y Celtic o entre protestantes y católicos ¿Qué pasaba si el dictador Pinochet hubiese sido futbolero y ponía dólares encima para que Chile lograra un título del Mundo? Videla en Argentina lo hizo.

El desglose, los detalles y decenas de historias más, los revela más y mejor Kuper en un libro fascinante.

¿Cuál sería entonces la historia y la carga cultural de Curicó Unido? ¿Serán solo sus 45 años? ¿Será su presente como corporación en un mundo privado?

Puede ser, en parte. O es eso y más. “Quieren bajarno$ y no saben cómo hacerlo”, leímos en un lienzo de Los Marginales el sábado pasado.

Curicó, por de pronto, lleva una carga local junto a los otros 15 equipos. Todos pelean y sufren contra Estadio Seguro. Sus hinchas tienen a un apéndice estatal que no los quiere. Que recela de ellos. “Para mí todo esto es un cacho”, le dijo un ex encargado de Carabineros a un dirigente albirrojo.

Hace 10 días se conoció la historia de un hincha de Cobreloa que fue impedido de ingresar al Municipal de La Pintana con serpentinas. Fue el mismo estadio donde le quitaron un pequeño cartel a un anciano. La fuerza policial se lo quitó. Ahí y acá requisaron paraguas ¿Lo recuerda? Ridículo. Vergonzoso y penoso. Cuántos no lo han vivido. Mi madre se animó a seguir a Curicó Unido con un par de amigos y amigas pero se cabreó cuando le revisaban cada domingo su cartera como si fuera a entrar al centro de un pueblo en guerra, requisándole el rímel como si se tratara de una pistola Bersa Thunder calibre punto 380.

¿Por qué yo, sujeto de a pie, que va a disfrutar un partido de fútbol, tendría siquiera que dejar que me revisen, toquen mis bolsillos y sospechen de mí?

En la penúltima visita de un equipo grande a La Granja, dirigentes de Universidad de Chile ofrecieron cerrar el bus con candado en Santiago y abrirlo en el complejo de Avenida Alessandri, con el registro de todos y cada uno de los asistentes ¿Es eso ético para aquellos propios sujetos que -sean barristas o no, incluso sean violentos o no- no merecen viajar encerrados con candado 200 kilómetros solo para que las autoridades queden tranquilas?

¿No es mejor atender con inteligencia (policial y civil) el problema de la violencia en los estadios? ¿Tienen la voluntad real las autoridades políticas para meterse con los que generan la violencia, teniendo en cuenta que en muchos casos los tienen identificados y saben hasta la cantidad de kétchup que le echan a las sopaipillas? ¿O es mejor dar señales, esa penosa forma de demostrar más que hacer, aunque todo quede en un ridículo eterno donde los peligrosos quedan impunes?

¿No pasa en el estadio lo que ocurre en la calle, donde la policía simplemente no puede ingresar a fiscalizar las zonas tomadas por los líderes del narcotráfico?

¿Para qué sirven los guardias en los estadios? Para que algunos humildes ciudadanos se ganen unos pesos. Nada más. El resto es un circo sin sentido, con más payasos que malabaristas a cargo.

Como buen club chico Curicó también convive con la mayor probabilidad de que los errores arbitrales lo atormenten. Es un problema compartido con los demás equipos pero donde hay una tendencia: a menor historia de su escudo, mayor posibilidad de yerros arbitrales.

Por último, hay una sombra eterna en Curicó. La “lógica interna”. Antes el club se bamboleaba al ritmo del mecenas de turno, quien movía los hilos como quería, incluso con pistola encima de la mesa como pasó alguna vez en los 90

¿Cómo sigue esa lógica interna? Con la frase pueblo chico, infierno grande. Somos una ciudad mínima y un grito de la pieza a la cocina lo escuchan los vecinos. Chisme se le llama por ahí también: Que el verdulero de tal jugador me dijo que le dijeron que el DT no lo quiere. Que el primo del hermano del caballero del negocio de la vuelta escuchó que los dirigentes buscaban no sé qué cosa. Eso sin investigación mínima ni reporteo, es cahuín.

Ahora bien, esa carga con la que convive Curicó también incluye el disfrutar cada partido en La Granja. Eso es perpetuo. Mire que las siete primeras temporadas del club se peleó por no bajar y nos salvamos en la última, penúltima y a lo más antepenúltima fecha. Y la octava temporada no ocurrió porque estábamos ya en Tercera. Pero ahí estaban igual, los viejos porfiados amantes de la albirroja.

En Curicó también es propio complacerse con los rivales, pedirles fotos (aunque eso sea medio pueblerino y pasado de moda). Así se vivió con la UC el 75, Cobreloa el 77, la U el 89 y Colo-Colo en 2018.

Es todo parte de un circuito. Como la empanada al entretiempo o el clery posterior al frente del cementerio. Como siempre ha sido la tónica, aplaudiendo de pie cuando sale el equipo a la cancha.

Al final jugamos a lo que somos. Como si el fútbol fuera parte de la ciencia que trata del gobierno y la organización de las sociedades humanas, especialmente de los estados. Como si el fútbol fuera parte de la actividad de los que gobiernan o aspiran a gobernar los asuntos que afectan a la sociedad o a un país. Es la definición de política.

Fútbol y política. Fútbol bajo los mismos riesgos de corrupción o ayuda comunitaria. Curicó Unido como parte de la sociedad civil.

Fútbol contra el enemigo, como decía Kuper. O la pelotita rodando más que 90 minutos.

 

Por Leonardo Salazar Molina.

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