YO NO HABLO DE LOS ÁRBITROS

No hay nada peor que la injusticia. Comprobar que no se cumple el mandato de dar a cada uno lo suyo, como decían los romanos hace unos dos mil años, enerva, enfada y cabrea.

En el fútbol chileno –y esto no es novedad- los árbitros están en discusión por su rendimiento. Su labor no cumple las expectativas; o están mal preparados o son malos derechamente.

Asumir que esa maldad tiene que ver con un prejuicio, amaño o arreglín para beneficiar a tal o cual equipo, sería más complejo de establecer. Es difícil por lo demás. Los árbitros chilenos sí se vendieron por dinero en la época de la Polla Gol y por dinero se designaron hace no mucho tiempo en medio de borracheras y juegos de póker. Pero de ahí a que ese mismo dinero venga con la insignia de un equipo determinado, es otro cuento.

No creo que hoy Cristián Andaur -o ayer Christian Rojas- quiera perjudicar abiertamente a Curicó Unido. Lo de los árbitros chilenos, simplemente, es falta de categoría en su preparación, en cómo se entrenan, aunque eso es tan grave como acusarlos de corruptos.

A ello le agregamos otro problema –y de allí surge la sensación de injusticia permanente- que reiteradamente son tres equipos medidos con una vara y 13 con otra.

A raíz de eso, los presidentes de los equipos chicos de Primera División han decidido reunirse en un grupo de Whatsapp cansados de algunas situaciones que los aquejan, con el arbitraje tendencioso como reclamo insigne.

El tema, insisto, ya está más o menos claro: los árbitros son, en general, defectuosos y los clubes grandes terminan beneficiados. No a priori ni cobrándoles goles falsos, sino en el trámite, en las faltas en mediocampo, en las pelotas divididas que se cuentan por cientos en 90 minutos. Y luego esos grandes, que no son grandes en el ámbito internacional, se sienten chicos y ven la diferencia, se sienten sufrientes y pordioseros como aquellos. Y por cierto entremedio declaman que no hablan de los árbitros, y que cualquiera se puede equivocar.

Favorecen al grande por una cuestión cuasi cultural si se quiere. Los árbitros ven a Paredes o Beausejour con distinta mirada que a Matías Ormazábal o Diego Cayupil, tal como un transeúnte ve con distintos ojos al engominado de terno y zapato brillante, que al extraño de color poco frecuente. El punto es que el árbitro, como el juez de la corte, no debe atender esas presuntas diferencias (odiosas incluso para el transeúnte) ¿Que bajo un mismo delito un NN de Puerto Montt fue condenado a cuatro años y al senador Moreira se le suspendió el procedimiento, según nos informó el abogado curicano Carlos Gajardo? Pucha, está mala la cosa entonces.

¡Pero seamos optimistas! (¿?) El tema del fútbol se puede superar con preparación. Estudio y actualización de conocimiento. Con horas de partidos en TV. Con imitación, por cierto, de los mejores del mundo (los ingleses, me parece). Con autoexigencia y autocrítica porque en el mundo FIFA los árbitros no crecen por rendimiento, sino por cupos. No hay meritocracia sino espacios que llenar ¿Sabía usted que Tonga, uno de los seis países peor ubicados en el ranking FIFA de marzo, tiene ¡cinco! jueces internacionales? Se los presento: los señores Asfaha, Hagos, Mehammed, Mogos y Zekarias. Cualquiera de ellos podría haber clasificado para arbitrar la final de la Copa del Mundo.

Y lo mismo en Chile (que tiene seis “FIFA”: Bascuñán, Gamboa, Tobar, Ulloa, Deischler y Maza). Sí o sí, por el retiro de algunos jueces, árbitros de la Primera B deben subir cada año. Sean bienhechores, desastrosos o cleptómanos.

Lo del trato parcial encuentra sustento en datos: Un informe del portal Red Gol da cuenta de la diferencia entre el torneo doméstico y la Copa Libertadores. Si en el primero, en un partido equis, hubo 52 infracciones, gatillando un juego trabado y cortado, en lo internacional fueron 32: el pleito se detuvo veinte veces menos que en Chile.

De hecho, sigue el reportaje, acá es donde más se detiene el juego (34 faltas promedio). Sobre la liga argentina (28), colombiana (30) o el promedio en Libertadores (31). En Europa, ni hablar: La Champions League tiene míseras 23 faltas por partido.

Y para qué andamos con cosas. Es cosa de ver un partido y compararlos. Mientras en la Libertadores varias faltas se entienden como roces del juego, y en Europa lo mismo, con fricciones y disputas de pelotas con fuerza pero legítimas, en Chile la lógica es la inversa y se pita más que carabinero dirigiendo el tránsito en Camilo Henríquez con Peña un lunes a las 10 de la mañana.

Un árbitro me contó hace un tiempo que para los Superclásicos reciben una simple y clara orden: deben evitar a como dé lugar expulsar a un jugador antes de los 15 minutos.

Esto no quiere decir que los árbitros quieren, en ese partido emblema, ponerse a tono con la tendencia del primer mundo futbolístico. No. Da cuenta de algo mucho más embarazoso: Que los árbitros están preocupados de diferenciar un partido de otro y no de ver cómo imparten justicia, dar a cada uno lo suyo, a todo evento, en cualquier cancha y sean cuales sean los colores en disputa.

Dicho de otro modo: Los jueces son injustos bajo sus propios parámetros, pues ven cada partido diferente, o como reconoció Pablo Pozo en una entrevista a Emol, que entraba a la cancha con cierto jugador en la mira, “porque sabía que simulaba”. Es decir, Pozo estaba pendientes de un imputado previo, no estaba concentrado en pitar lo que dice el reglamento a todos por igual.

Hace un año más o menos, en Quilín, pude ver un entrenamiento de árbitros y, aunque parezca broma, tras una sesión física los tipos ejercitaban gestos, ademanes y las formas –en su mayoría vehementes- de cómo hacer sonar el pito y cómo mover las manos dependiendo del cobro. Cómo “imponer autoridad”.

Cosa más rara ¿no? Los árbitros chilenos están más preocupados de lo que generan a su alrededor, que de impartir con profesionalismo y templanza el dossier de 222 páginas titulado “Reglas del Juego 2017-2018”, disponible en Internet para toda la audiencia.

Ese foco de imponerse. Ese afán de demostrar algo. Ese tufillo a la apariencia y a “saber manejar” las situaciones los aleja de lo teórico. El leitmotiv debiera ser conocer como nadie la ley y psicológicamente abstraerse del entorno, de si es clásico o no, si hay TV o no, si hay gente presionando cerca o lejos, si es final o un partido corriente y si en la cancha está Messi o Carlos Matías Pavez.

Por todo eso es que estamos en presencia de un problema superior. No hay que llamar a la PDI para que pille el maletín de dólares que la U le entregó al señor Andaur. Tampoco el señor Andaur se fue a medias con algún facineroso para ganar la Polla Gol. Negativo. Lo que sucede es que el señor Andaur entrena en la semana cómo manejarse, posicionarse, verse e imponerse en una cancha y no cómo emplear la ley omitiendo el contexto.

Y eso no es error. Los árbitros chilenos no arbitran con la camiseta puesta. Simplemente, en general, son poco profesionales (entendiendo profesionalismo como la seriedad con la que enfrentas tu trabajo y no si te dedicas total o parcialmente a una actividad).

Los árbitros –antaño “jotes”- son básicamente malos para su pega; mediocres y vulgares en lo que hacen ¿De esos hay en todas las labores? Sí. Pero estos se pasaron.

 

Por Leonardo Salazar Molina.