EL 12 del 12 DEL VIEJO MARIO

Nunca está de más recordar a Mario Muñoz Gutiérrez. Más todavía cuando ha pasado colado en este 2018 el aniversario número 20 desde que él asumiera como presidente de Curicó Unido. Fue en 1998 cuando el club comenzó a nacer de nuevo, de la mano de Muñoz.

 

Los líos de las deudas por el tema parquímetro y la pelea ramplona entre los expresidentes Rodelindo Riffo y Carlos Barra ya superaban cualquier raciocinio. El Municipio había decidido llevar el tema a la vía judicial, intentando así terminar con la política del avestruz.

 

A inicios del 98 la directiva de Riffo –aún en ejercicio- pidió un plazo de tres años para pagar la deuda; había que partir de cero dejando de lado lo futbolístico. Didier Gallardo, preparador físico, comenzó a probar jóvenes jugadores en el verano y el incombustible Roberto Ortiz, el lindo “Huaso”, ex arquero del club, lo vio una mañana bregando solo y decidió ayudarlo sin cobrar un peso.

 

Era el tiempo donde los rivales del Curi eran Arturo Prat, Unión Comercial y la Academia Juventud 2000. El albirrojo ganó un partido en las diez primeras fechas de la Tercera División. Es el tiempo donde en un juego hubo 65 espectadores controlados; en otro, el árbitro estuvo solo porque no llegaron los guardalíneas.

 

Entre tanto bamboleo, el bote quedó casi a la deriva. El salvador fue Muñoz. Arribó como entrenador el santiaguino Carlos Encina y el goleador Roberto Castro. Fueron las primeras gestiones del viejo Mario Muñoz, que asumió como presidente del club el 18 de abril. Por primera vez en su carrera como dirigente, Mario salió de la segunda fila y tuvo que tomar el micrófono y hablar. Poner la cara porque simplemente no había nadie más; el insigne trabajador hormiga se puso la chaqueta y las hizo todas: reuniones en Santiago o barriendo la entrada de La Granja, allí estaba Muñoz, en cuestiones que no le satisfacían pues era de los que siempre sobreponía a los demás antes que a él.

 

Hablamos de don Mario Muñoz, con mayúsculas, el mismo señor humilde que desayunaba huevos de campo revueltos. Ese fanático de los porotos, las lentejas, los garbanzos; de la cazuela de vacuno y las humitas. Aquel que tenía como ritual sagrado de domingo ver al Curi y compartir un asado con su familia. El Mario cuya debilidad era el mote con huesillo, la sandía necesariamente con harina tostada y que se reconocía como amante de la buena mesa.

 

Ese 98 fue el año donde se institucionalizaron en Curicó unos chascones que veían dando vueltas de hace un tiempo: Los Marginales. Seguía en pie también la eterna Edith Véliz, armando sus rifas y algún minibús para los partidos de visita. Todo era precario pero digno. La radio Libertad, con Juan Osvaldo Farías detrás, hizo un concurso para juntar los pesos y arrendar el bus en un viaje a Constitución. El bus de los jugadores, claro, no de los hinchas.

 

El 12 de diciembre, en específico, correspondía celebrar la Asamblea anual de socios. El 28 de noviembre se había realizado la primera convocatoria, pero con solo 15 socios en la sala, la cita se postergó. Llegado el 12 de diciembre, entonces, día sábado, Mario Muñoz Gutiérrez dio inicio a una sesión donde no había nadie más. Estaba solo. Había que elegir directiva y qué iba a hacer el pobre Mario. Levantó la cabeza, se secó unas cuantas lágrimas y siguió nomás. Su Curicó Unido no podía morir. Simbólicamente había sido el año donde el lema de campaña fue “Dele pelota a Curicó Unido”, con avisos –por cierto gratuitos- en el diario La Prensa.

 

Con el tiempo, poco a poco Muñoz dejó de escuchar el sonido penoso de una puerta al cerrarse. Convocó a más gente, esencialmente a Benjamín González y Julio Ode, y la historia giró. Todo mejoró y llegaron los triunfos, los abrazos y la alegría. Por eso hoy, tal vez, cuando Curicó se peina en Primera, Mario Muñoz mira desde arriba con su eterna humildad pero conociendo todo el camino previo. Como que Muñoz se quedó flotando en La Granja revisando cada detalle desde el aire, con una media sonrisa que no alcanza a carcajada.

 

Muñoz es eterno. Donde sea que esté seguirá riendo con sus favoritos, “Los Atletas de la risa”, y disfrutando de su amor por las películas mexicanas, el circo Timoteo y la música ranchera, esa sinfonía que le recordaba cuando él también las hacía de músico y le cantaba a la vida campesina y a las tragedias amorosas.

 

Es el Mario que aún vive; el mismo que amaba el fútbol chileno y miraba con igual interés tanto un Superclásico –donde prefería a los azules- como un Santa Cruz vs. Velásquez. Ese loco por la lectura que como hobby tenía aprenderse los reglamentos de ANFA y ANFP, al revés y al derecho.

 

Por eso este 12 de diciembre, me parecía, había que recordar al viejo Mario. Los hitos de un club son las glorias y los fracasos. Y ahora, con la bulla de los mega-refuerzos para el equipo de Primera, hay un señor que sigue mirando todo de reojo; desde arriba,  con sus brazos cruzados, su abdomen prominente y la camisa celeste manga corta dentro del jeans desgastado.

 

Por Leonardo Salazar Molina, Periodista.

 

 

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